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Luego de la salida de la biografía de Steve Jobs escrita por Walter Isaacson, este libro se ha vuelto innecesario e irrelevante. Se supone que el libro contiene un análisis del estilo gerencial de Jobs, además de elementos biográficos de su vida. El análisis de Jay Elliot es bastante superficial, al punto que parece limitarse a repetir los lugares comunes que sobre la forma de trabajar de Jobs conocemos todos.

La colaboración de William L. Simon ha logrado un libro bien escrito y ameno, pero no ha podido salvar una propuesta tan insustancial como la de Elliot. Supongo que ha sido la habilidad de W.L. Simon la que evitó que lanzara el libro a la basura a medio leer.

Una parte muy divertida del libro ha sido la pésima traducción al castellano que ha hecho AGUILAR. Es la peor traducción que he leído en mi vida, y sus deficiencias se perciben prácticamente desde que se empieza a leer el libro. Antes de concluir el segundo capítulo comencé a buscar el nombre del traductor de la obra, pero no pude conseguirlo en ninguna parte. Hay múltiples expresiones idiomáticas que se han traducido literalmente, perdiendo todo significado para alguien que no conozca muy bien el inglés americano. De alguna forma el incompetente traductor “inventó” que la Mac original venía equipada con un “disco duro de 3.5 pulgadas”, y que el lenguaje COBAL “realmente revolucionó la programación”. Al menos el libro me dio risa aquí y allá.

Solo dos párrafos en todo el libro son memorables, y uno de ellos no tiene que ver con el asunto tratado. Los copio a continuación para referencia futura:

  • El primer párrafo del último capítulo “Una carta para Steve”. Por fin logró Elliot establecer un vínculo emocional con el lector, apenas un par de páginas antes de concluir el libro.

“… Recuerdo el final de un viaje a Japón, cuando teníamos la agenda llena con otra cena de estado, con Sony o Canon o quien sea, y te dije que ya no aguantaba otra noche de sushi. Así que te fuiste y los del Hotel me mandaron a un restaurante fabuloso de comida témpura. Ya llevaba como media hora, cuando de repente entraste y te sentaste conmigo mientras decías que tampoco aguantarías ir a otra cena formal. Nunca se me olvidará esa noche y nuestra conversación, pues platicamos desde política hasta del futuro del mundo y su gente, trabajo y amor. Estabas relajado, calmado y eras simplemente tú. Momentos como ese eran en los que veía al verdadero Steve.”

  • Los “Agradecimientos”, de parte de Bill Simon. Puedo entrever la pasión de un D-os amoroso y misericordioso, cuando nos obsequia una historia de amor que trascienda la vida humana.

“Finalmente, aquellos que me conocen, comprenderán la gran pérdida que es no tener a Arynne cerca de mí, mientras trabajo en un manuscrito de libro. Aunque ya no puede ser una parte activa de mi vida, siempre y eternamente tendrá un lugar cerca de mi corazón.”

Comencé a escuchar audiolibros a finales del año 2000, y entre las primeras obras que disfruté estuvieron varias de John Grisham. A la interesante pluma de Grisham se le añadía la maravillosa lectura de Frank Muller, RIP, el más genial narrador de audiolibros que haya caminado sobre esta tierra.

Fueron muchos libros de Grisham, y muy largos también. Por esa razón, luego del impulso inicial me he mantenido lejos de él. Supongo que me saturé de las complejas tramas judiciales que caracterizan al autor. “Playing for Pizza”, escuchada el año pasado, es una novela ligera que nada tiene que ver con juicios, abogados y tribunales. La disfruté como una obra relajante y fresca del autor.

A principios de enero de 2012 poseía unos 6 o 7 audiolibros de Grisham en mi “cola de lectura”, y decidí comenzar el año con uno de ellos. Elegí “The Broker” pensando que estaría basado en el caso Enron y procesos judiciales relacionados, pero estaba equivocado. Es una novela con una trama de espionaje poco convincente, donde un delincuente de cuello blanco es liberado mediante un indulto presidencial, y luego es mantenido de incognito en Bolonia por agentes de la CIA. No le va a ganar un Premio Nóbel de Literatura, y dudo que le gane adeptos entre los aficionados a las novelas de espías, pero disfruté la novela. Definitivamente esta novela está muy lejos de las mejores obras del autor, y de hecho no la recomiendo para quienes se inician en la literatura “Grishamniana”, pero confieso que disfruté las 11 horas y 4 minutos de la narración en la voz de Michael Beck. Este último lo hizo bastante bien si lo consideras individualmente, pero palidece ante la maravillosa narración del coloso de Frank Muller en anteriores obras de Grisham. Hasta sería capaz de re-escuchar novelas, con tal de disfrutar su voz de nuevo.

Luego de haber resumido mis lecturas del año 2010, me propuse ser mucho más selectivo en los autores que leería o escucharía durante el año 2011. A finales de enero de 2012, mientras resumo las lecturas del año pasado, debo confesar sentirme muy satisfecho. Leí y escuché mucho durante 2011, y – lo mejor de todo – leí y escuché excelentes obras. Puedo decir que aproveché cada rato libre, y cada minuto al volante. Respecto a esto último, me siento muy agradecido al haber descubierto los audiolibros hace ya tantos años.

A continuación un resumen de mis lecturas/escuchas durante el 2011. Las lecturas que considero fueron provechosas, aparecen marcadas en color azul. Mientras más intenso el azul, más las he disfrutado. Las marcadas en rojo han sido… no tan buenas, por decirlo de alguna forma. Cada obra fue comentada en este blog poco después de que la leí.

  • Enero – Audiolibro de Bad Samaritans: The Myth of Free Trade and the Secret History of Capitalism del economista Surcoreano Ha-Joon Chang.
  • Enero – Audiolibro de The Girl with the Dragon Tattoo por Stieg Larsson.
  • Enero – Al sur de la frontera, al oeste del sol por Haruki Murakami.
  • Febrero – Grabaciones de las 28 horas de las lecciones del Profesor Donald Kagan sobre Introducción a la historia de la Antigua Grecia durante el otoño de 2007 en la Universidad de Yale .
  • Marzo – Audiolibro de Ancient Greek Civilization del profesor de la Universidad de Pensilvania Jeremy McInerney.
  • Marzo hasta hoy día, leído una y otra vez, como corresponde – El libro del amor, Poesía amorosa universal, una antología de Rafael Arráiz Lucca.
  • Abril/Mayo – Audiolibro de On Writing: A Memoir of the Craft por Stephen King.
  • Mayo – Audiolibro de The Girl Who Played with Fire por Stieg Larsson.
  • Mayo – Audiolibro de The Girl Who Kicked the Hornets’ Nest por Stieg Larsson.
  • Julio – Audiolibro de No Excuses: Existentialism and the Meaning of Life por Robert Solomon.
  • Julio – Audiolibro de Beyond Band of Brothers: The War Memoirs of Major Dick Winters por el Mayor Dick Winters y el Coronel Cole C. Kingseed.
  • Julio - L´Étranger por Albert Camus.
  • Julio/Agosto – La Caída por Albert Camus.
  • Agosto – La condena y otro relato por Franz Kafka.
  • Agosto – Audiolibro de Playing for pizza de John Grisham.
  • Agosto – Audiolibro de Eat That Frog!: 21 Great Ways to Stop Procrastinating and Get More Done in Less Time por Brian Tracy.
  • Agosto – Peter Camenzind por Herman Hesse.
  • Agosto – El Lobo Estepario por Hermann Hesse.
  • Septiembre – Audiolibro de Kitchen Confidential: Adventures in the Culinary Underbelly por Anthony Bourdain.
  • Septiembre – Audiolibro de Things I Wish I’d Known Before We Got Married por Gary Chapman.
  • Septiembre – Autoconstrucción Sismoresistente por Marianela Lafuente y Carlos Genatios.
  • Septiembre – Audiolibro de Darkly Dreaming Dexter por Jeff Lindsay.
  • Octubre – Audiolibro de El Idiota por Fiódor Dostoyevski.
  • Noviembre – Audiolibro de la biografía Steve Jobs por Walter Isaacson.

Un total de 24 obras, para un promedio de 2 por mes. Mayor calidad y cantidad que el año 2010, pero también un estándar muy alto por superar para el 2012.

Mis primeras escaramuzas con el mundo de la computación fueron durante el año 1985 con la Apple IIc. En ese entonces, esa computadora se consideraba como portátil, y para los estándares de la época, ciertamente lo era. Recuerdo que en ese entonces se podía comprar por 10.000,00 bolívares, que era exactamente el doble de lo que costó mi órgano Wizard by Wurlitzer, y más de 14 veces lo que costó mi guitarra acústica española Tatay. Debo decir que era una inmensa cantidad de dinero. En todo caso, fue la primera computadora que llamó mi atención al punto de que aprendí a programar computadoras para programar esta cosa. Mi padre pensaba de mi un artista, cuando en realidad había parido un geek.

Supongo que desde entonces me llamó particularmente la atención la computación movil, disponible doquiera uno fuese. Pasaron frente a mi muchas soluciones parciales que siempre observé con escepticismo. El advenimiento de las Netbooks, con la Asus Eee PC a la cabeza, no me convenció. Siempre he amado a Linux, pero una pantalla de 7 pulgadas era demasiado poco. Sin embargo caí ante estas maquinitas maravillosas durante enero de 2009, cuando compré la Acer Aspire One 150, con su disco duro de 160 GB, su 1 GB de RAM, su Windows XP, su procesador Intel® Atom N270 a 1,6 GHz, y su pantalla de 8,9 pulgadas con resolución 1024 x 600. Poco después terminé instalando Linux Mint 7 “Gloria” en esta computadora, para luego venderla. Con los fondos obtenidos de la venta y un poco más, compré la Lenovo IdeaPad S10-2 que conservo hasta hoy día. Es una máquina maravillosa con un teclado algo chico que continua teniendo un ventilador que puede llenarse de basurilla si lo usáis en la cama. Tiene una buena capacidad de disco duro, 250 GB, y una hermosa pantalla de 10,1 pulgadas y 1024 x 600 de resolución.

Finalmente Steve Jobs creó las Tablets con el iPad. Me resistí a comprar uno de ellos debido a su altísimo costo y múltiples limitaciones, pero finalmente he sucumbido ante la tentación. Por supuesto, he escogido un derivativo de Linux en la forma del sistema operativo Android, de Google.

Después de mucha cavilación, he escogido la Samsung Galaxy Tab 10.1 ofrecida por Movistar Venezuela. En Venezuela es posible obtener un Apple iPad 2, pero su costo es ridículamente alto sin el subsidio de alguna operadora de telefonía celular.

En las tablets como el Samsung Galaxy Tab 10.1, la primera ventaja es la ausencia de disco duro rotativo. La tablet viene equipada exclusivamente con memoria flash, lo que disminuye el consumo de batería del motor eléctrico de un disco duro convencional. Esto produce un tiempo entre recargas de 8 a 9 horas, incluso reproduciendo vídeos. Pero lo que más me ha gustado es la facilidad de reproducir archivos PDF. He podido leer el pliego de condiciones de la licitación en la que estoy trabajando actualmente, sin ningún problema. También he podido ver vídeos en alta resolución de los documentales históricos que tengo pendientes.

Nunca me agradó Steve Jobs. Mientras más cosas conocía de su carácter abusivo, de sus tendencias controladoras, y de las incontables decisiones absurdas que incorporó en tantos de sus productos, más lo despreciaba. Nuestro “genio” fue el artífice, la mente genial, que intentó:

  • 1977: Convencer a Steve Wozniak de no incorporar ranuras de expansión a la Apple ][. Esta maravillosa idea hubiese complacido los afanes de Jobs por controlar lo que los usuarios de la computadora hubiesen podido hacer con ella, pero en mi opinión hubiese condenado la máquina al olvido en corto tiempo.
  • 1982: Fabricar una máquina futurística como la Apple Lisa, casualmente llamada como la hija biológica a quien negó su paternidad. Pedazo de imbécil que niega a su propia sangre. Al final su propia compañía terminó echándolo a patadas del proyecto.
  • 1984: Intentar ahorrarse unos pesos contratando a Alps para producir una copia licenciada de la unidad de discos flexibles de 3 1/2 pulgadas diseñada por Sony, deteniendo cualquier colaboración con Sony en caso que Alps no lo lograra a tiempo. Si consideráis que esa unidad de discos flexibles iba a ser la única en la Macintosh, solo podéis medir la estupidez del hombre arriesgando por capricho la viabilidad de todo el proyecto. Alps falló en su intento, y el lanzamiento de la Macintosh solo se logró debido al buen juicio de los subalternos de Jobs, que mantuvieron el desarrollo conjunto con Sony a espaldas de su jefe.
  • 1998: ¿Te imaginas el mouse mas disergonómico de la historia? Jobs lo incorporó en la iMac G3. ¿Es que este imbécil nunca se bajó de su altar para usar este adefesio? Cuando intentas reinventar el agua tibia...
  • 1998: Hablando de la iMac G3, Jobs insistió, por motivos puramente estéticos, en incorporar una unidad de CD "slot-loaded"en lugar de la "tray-loaded" recomendada por Rubinstein. Rubinstein había argumentado que cuando las unidades de CD empezasen a ser usadas para "quemar" CDs, estarían disponibles primero en forma de "tray-loaded". El Sr.Jobs dijo "I don´t care" y los idiotas que compramos una iMac G3 automáticamente quedamos detrás respecto a digitalizar nuestros Cds.
  •  2004: Evitar el desarrollo y comercialización de iPod Mini, producto que acabó con la competencia en reproductores portátiles de audio digital y consolidó la presencia de Apple como líder indiscutible de ese mercado desde enero de 2004 hasta hoy día.
  • 2007: ¿Alguna vez debiste comprar una estúpida extensión que te permitiera usar tus audífonos de alta calidad con tu iPhone, en lugar de la basura que incluye Apple con sus teléfonos? Otra magnífica idea de Jobs para controlarte. El control freak abandonó la práctica a partir del iPhone 3G, pero podemos intuir la tendencia de una persona muy perturbada.

Lo paradójico es que esté escribiendo esta crítica del personaje desde una MacBook, mientras consulto la copia digital del libro en mi iPhone 4. Compré esta MacBook, con 150 % de recargo sobre una computadora Windows comparable, antes de la salida de Windows 7. Siempre soñé con las maravillas de Apple OS/X, pero usándolo de forma regular, la verdad es que no estoy muy impresionado. Ademas de las mejoras de desempeño derivadas de la ausencia de un antivirus, no veo a este sistema operativo mucho más estable o eficiente que la Dell con Windows 7 en mi oficina. Si lo compara con Windows Vista, lo supera en todo aspecto, pero recordemos que Windows Vista es uno de los peores productos de la historia de la computación. Si lo comparo con Windows XP, diría que están parejos.

Cualquier hacker o, hablando en lenguaje Windows, Power User, se ha dado cuenta que Apple ha relegado, o incluso abandonado, el desarrollo futuro de su sistema operativo de escritorio/portátiles. La compañía de la manzana está centrada en su sistema operativo para sus tablets iPad. Después de ver la basura de OS/X Lion, no podemos negar que Apple está de salida en el escritorio, y la única salida responsable que nos queda es migrar hacia Windows, o quizá hacia Ubuntu Linux. Por mi parte, conservaré esta portátil con OS/X Snow Leopard mientras sea práctico, para luego migrarla hacia Windows 7. Mi próxima tablet será una Android. Ya me cansé de estar bajo el dominio de un control freak como Jobs.

P.S.

El audiolibro comienza con la introducción narrada por el mismo autor, Walter Isaacson. Esta introducción es una maravilla de la redacción en lengua inglesa, cuya maestría y claridad comparo con la de Sir Winston Churchill en su introducción a "The Second World War". Las 25 horas de audiolibro han sido muy fáciles de escuchar, aunque han carecido de profundidad técnica. Un autor más versado en los aspectos técnicos de la ciencia de la computación, habría sido muchísimo más crítico del "legado" de Jobs. No puedo culpar a Isaacson debido a que fue escogido por Jobs para dejar un testimonio de su vida a sus hijos. Me siento honrado de haber podido leer este documento de vida, donde Steve - quien siempre quiso controlarlo todo a su alrededor - abandonó todo control creativo y editorial en las manos del autor, a quien de forma inequívocamente evidente respetaba. Steve era muy quisquilloso a la hora de comer, pero alegremente compartió la mitad de una ensalada durante la última cena que tuvo con Isaacson. Si leéis este libro, os daréis cuenta que semejante gesto significaba un inconmensurable acto de respeto hacia Isaacson. La verdad me siento muy triste. No pude evitar llorar la muerte de Steve cuando me enteré mediante Twitter en mi iPhone 4. Bueno, no lloré literalmente hablando, pero me perturbó profundamente la finalización de un sueño que comenzó en 1985 con la Apple ][ c, la primera computadora que abrió mi mente a infinitas posibilidades. Hoy día, cada vez que piso mi oficina, disfruto el legado de la computadora personal creada por los dos Steves´: Wozniak, el genio de la computación que diseñó la Apple ][ c, y Jobs, el estúpido y abusivo mercader que logró poner una de ellas cerca de mis manos.

¡Es cierto! Siempre he sido nervioso, muy nervioso, terriblemente nervioso. ¿Pero por qué afirman ustedes que estoy loco? La enfermedad había agudizado mis sentidos, en vez de destruirlos o embotarlos. Y mi oído era el más agudo de todos. Oía todo lo que puede oírse en la tierra y en el cielo. Muchas cosas oí en el infierno. ¿Cómo puedo estar loco, entonces? Escuchen… y observen con cuánta cordura, con cuánta tranquilidad les cuento mi historia.

Me es imposible decir cómo aquella idea me entró en la cabeza por primera vez; pero, una vez concebida, me acosó noche y día. Yo no perseguía ningún propósito. Ni tampoco estaba colérico. Quería mucho al viejo. Jamás me había hecho nada malo. Jamás me insultó. Su dinero no me interesaba. Me parece que fue su ojo. ¡Sí, eso fue! Tenía un ojo semejante al de un buitre… Un ojo celeste, y velado por una tela. Cada vez que lo clavaba en mí se me helaba la sangre. Y así, poco a poco, muy gradualmente, me fui decidiendo a matar al viejo y librarme de aquel ojo para siempre.

Presten atención ahora. Ustedes me toman por loco. Pero los locos no saben nada. En cambio… ¡Si hubieran podido verme! ¡Si hubieran podido ver con qué habilidad procedí! ¡Con qué cuidado… con qué previsión… con qué disimulo me puse a la obra! Jamás fui más amable con el viejo que la semana antes de matarlo. Todas las noches, hacia las doce, hacía yo girar el picaporte de su puerta y la abría… ¡oh, tan suavemente! Y entonces, cuando la abertura era lo bastante grande para pasar la cabeza, levantaba una linterna sorda, cerrada, completamente cerrada, de manera que no se viera ninguna luz, y tras ella pasaba la cabeza. ¡Oh, ustedes se hubieran reído al ver cuán astutamente pasaba la cabeza! La movía lentamente… muy, muy lentamente, a fin de no perturbar el sueño del viejo. Me llevaba una hora entera introducir completamente la cabeza por la abertura de la puerta, hasta verlo tendido en su cama. ¿Eh? ¿Es que un loco hubiera sido tan prudente como yo? Y entonces, cuando tenía la cabeza completamente dentro del cuarto, abría la linterna cautelosamente… ¡oh, tan cautelosamente! Sí, cautelosamente iba abriendo la linterna (pues crujían las bisagras), la iba abriendo lo suficiente para que un solo rayo de luz cayera sobre el ojo de buitre. Y esto lo hice durante siete largas noches… cada noche, a las doce… pero siempre encontré el ojo cerrado, y por eso me era imposible cumplir mi obra, porque no era el viejo quien me irritaba, sino el mal de ojo. Y por la mañana, apenas iniciado el día, entraba sin miedo en su habitación y le hablaba resueltamente, llamándolo por su nombre con voz cordial y preguntándole cómo había pasado la noche. Ya ven ustedes que tendría que haber sido un viejo muy astuto para sospechar que todas las noches, justamente a las doce, iba yo a mirarlo mientras dormía.

Al llegar la octava noche, procedí con mayor cautela que de costumbre al abrir la puerta. El minutero de un reloj se mueve con más rapidez de lo que se movía mi mano. Jamás, antes de aquella noche, había sentido el alcance de mis facultades, de mi sagacidad. Apenas lograba contener mi impresión de triunfo. ¡Pensar que estaba ahí, abriendo poco a poco la puerta, y que él ni siquiera soñaba con mis secretas intenciones o pensamientos! Me reí entre dientes ante esta idea, y quizá me oyó, porque lo sentí moverse repentinamente en la cama, como si se sobresaltara. Ustedes pensarán que me eché hacia atrás… pero no. Su cuarto estaba tan negro como la pez, ya que el viejo cerraba completamente las persianas por miedo a los ladrones; yo sabía que le era imposible distinguir la abertura de la puerta, y seguí empujando suavemente, suavemente.

Había ya pasado la cabeza y me disponía a abrir la linterna, cuando mi pulgar resbaló en el cierre metálico y el viejo se enderezó en el lecho, gritando:

-¿Quién está ahí?

Permanecí inmóvil, sin decir palabra. Durante una hora entera no moví un solo músculo, y en todo ese tiempo no oí que volviera a tenderse en la cama. Seguía sentado, escuchando… tal como yo lo había hecho, noche tras noche, mientras escuchaba en la pared los taladros cuyo sonido anuncia la muerte.

Oí de pronto un leve quejido, y supe que era el quejido que nace del terror. No expresaba dolor o pena… ¡oh, no! Era el ahogado sonido que brota del fondo del alma cuando el espanto la sobrecoge. Bien conocía yo ese sonido. Muchas noches, justamente a las doce, cuando el mundo entero dormía, surgió de mi pecho, ahondando con su espantoso eco los terrores que me enloquecían. Repito que lo conocía bien. Comprendí lo que estaba sintiendo el viejo y le tuve lástima, aunque me reía en el fondo de mi corazón. Comprendí que había estado despierto desde el primer leve ruido, cuando se movió en la cama. Había tratado de decirse que aquel ruido no era nada, pero sin conseguirlo. Pensaba: “No es más que el viento en la chimenea… o un grillo que chirrió una sola vez”. Sí, había tratado de darse ánimo con esas suposiciones, pero todo era en vano. Todo era en vano, porque la Muerte se había aproximado a él, deslizándose furtiva, y envolvía a su víctima. Y la fúnebre influencia de aquella sombra imperceptible era la que lo movía a sentir -aunque no podía verla ni oírla-, a sentir la presencia de mi cabeza dentro de la habitación.

Después de haber esperado largo tiempo, con toda paciencia, sin oír que volviera a acostarse, resolví abrir una pequeña, una pequeñísima ranura en la linterna.

Así lo hice -no pueden imaginarse ustedes con qué cuidado, con qué inmenso cuidado-, hasta que un fino rayo de luz, semejante al hilo de la araña, brotó de la ranura y cayó de lleno sobre el ojo de buitre.

Estaba abierto, abierto de par en par… y yo empecé a enfurecerme mientras lo miraba. Lo vi con toda claridad, de un azul apagado y con aquella horrible tela que me helaba hasta el tuétano. Pero no podía ver nada de la cara o del cuerpo del viejo, pues, como movido por un instinto, había orientado el haz de luz exactamente hacia el punto maldito.

¿No les he dicho ya que lo que toman erradamente por locura es sólo una excesiva agudeza de los sentidos? En aquel momento llegó a mis oídos un resonar apagado y presuroso, como el que podría hacer un reloj envuelto en algodón. Aquel sonido también me era familiar. Era el latir del corazón del viejo. Aumentó aún más mi furia, tal como el redoblar de un tambor estimula el coraje de un soldado.

Pero, incluso entonces, me contuve y seguí callado. Apenas si respiraba. Sostenía la linterna de modo que no se moviera, tratando de mantener con toda la firmeza posible el haz de luz sobre el ojo. Entretanto, el infernal latir del corazón iba en aumento. Se hacía cada vez más rápido, cada vez más fuerte, momento a momento. El espanto del viejo tenía que ser terrible. ¡Cada vez más fuerte, más fuerte! ¿Me siguen ustedes con atención? Les he dicho que soy nervioso. Sí, lo soy. Y ahora, a medianoche, en el terrible silencio de aquella antigua casa, un resonar tan extraño como aquél me llenó de un horror incontrolable. Sin embargo, me contuve todavía algunos minutos y permanecí inmóvil. ¡Pero el latido crecía cada vez más fuerte, más fuerte! Me pareció que aquel corazón iba a estallar. Y una nueva ansiedad se apoderó de mí… ¡Algún vecino podía escuchar aquel sonido! ¡La hora del viejo había sonado! Lanzando un alarido, abrí del todo la linterna y me precipité en la habitación. El viejo clamó una vez… nada más que una vez. Me bastó un segundo para arrojarlo al suelo y echarle encima el pesado colchón. Sonreí alegremente al ver lo fácil que me había resultado todo. Pero, durante varios minutos, el corazón siguió latiendo con un sonido ahogado. Claro que no me preocupaba, pues nadie podría escucharlo a través de las paredes. Cesó, por fin, de latir. El viejo había muerto. Levanté el colchón y examiné el cadáver. Sí, estaba muerto, completamente muerto. Apoyé la mano sobre el corazón y la mantuve así largo tiempo. No se sentía el menor latido. El viejo estaba bien muerto. Su ojo no volvería a molestarme.

Si ustedes continúan tomándome por loco dejarán de hacerlo cuando les describa las astutas precauciones que adopté para esconder el cadáver. La noche avanzaba, mientras yo cumplía mi trabajo con rapidez, pero en silencio. Ante todo descuarticé el cadáver. Le corté la cabeza, brazos y piernas.

Levanté luego tres planchas del piso de la habitación y escondí los restos en el hueco. Volví a colocar los tablones con tanta habilidad que ningún ojo humano -ni siquiera el suyo- hubiera podido advertir la menor diferencia. No había nada que lavar… ninguna mancha… ningún rastro de sangre. Yo era demasiado precavido para eso. Una cuba había recogido todo… ¡ja, ja!

Cuando hube terminado mi tarea eran las cuatro de la madrugada, pero seguía tan oscuro como a medianoche. En momentos en que se oían las campanadas de la hora, golpearon a la puerta de la calle. Acudí a abrir con toda tranquilidad, pues ¿qué podía temer ahora?

Hallé a tres caballeros, que se presentaron muy civilmente como oficiales de policía. Durante la noche, un vecino había escuchado un alarido, por lo cual se sospechaba la posibilidad de algún atentado. Al recibir este informe en el puesto de policía, habían comisionado a los tres agentes para que registraran el lugar.

Sonreí, pues… ¿qué tenía que temer? Di la bienvenida a los oficiales y les expliqué que yo había lanzado aquel grito durante una pesadilla. Les hice saber que el viejo se había ausentado a la campaña. Llevé a los visitantes a recorrer la casa y los invité a que revisaran, a que revisaran bien. Finalmente, acabé conduciéndolos a la habitación del muerto. Les mostré sus caudales intactos y cómo cada cosa se hallaba en su lugar. En el entusiasmo de mis confidencias traje sillas a la habitación y pedí a los tres caballeros que descansaran allí de su fatiga, mientras yo mismo, con la audacia de mi perfecto triunfo, colocaba mi silla en el exacto punto bajo el cual reposaba el cadáver de mi víctima.

Los oficiales se sentían satisfechos. Mis modales los habían convencido. Por mi parte, me hallaba perfectamente cómodo. Sentáronse y hablaron de cosas comunes, mientras yo les contestaba con animación. Mas, al cabo de un rato, empecé a notar que me ponía pálido y deseé que se marcharan. Me dolía la cabeza y creía percibir un zumbido en los oídos; pero los policías continuaban sentados y charlando. El zumbido se hizo más intenso; seguía resonando y era cada vez más intenso. Hablé en voz muy alta para librarme de esa sensación, pero continuaba lo mismo y se iba haciendo cada vez más clara… hasta que, al fin, me di cuenta de que aquel sonido no se producía dentro de mis oídos.

Sin duda, debí de ponerme muy pálido, pero seguí hablando con creciente soltura y levantando mucho la voz. Empero, el sonido aumentaba… ¿y que podía hacer yo? Era un resonar apagado y presuroso…, un sonido como el que podría hacer un reloj envuelto en algodón. Yo jadeaba, tratando de recobrar el aliento, y, sin embargo, los policías no habían oído nada. Hablé con mayor rapidez, con vehemencia, pero el sonido crecía continuamente. Me puse en pie y discutí sobre insignificancias en voz muy alta y con violentas gesticulaciones; pero el sonido crecía continuamente. ¿Por qué no se iban? Anduve de un lado a otro, a grandes pasos, como si las observaciones de aquellos hombres me enfurecieran; pero el sonido crecía continuamente. ¡Oh, Dios! ¿Qué podía hacer yo? Lancé espumarajos de rabia… maldije… juré… Balanceando la silla sobre la cual me había sentado, raspé con ella las tablas del piso, pero el sonido sobrepujaba todos los otros y crecía sin cesar. ¡Más alto… más alto… más alto! Y entretanto los hombres seguían charlando plácidamente y sonriendo. ¿Era posible que no oyeran? ¡Santo Dios! ¡No, no! ¡Claro que oían y que sospechaban! ¡Sabían… y se estaban burlando de mi horror! ¡Sí, así lo pensé y así lo pienso hoy! ¡Pero cualquier cosa era preferible a aquella agonía! ¡Cualquier cosa sería más tolerable que aquel escarnio! ¡No podía soportar más tiempo sus sonrisas hipócritas! ¡Sentí que tenía que gritar o morir, y entonces… otra vez… escuchen… más fuerte… más fuerte… más fuerte… más fuerte!

-¡Basta ya de fingir, malvados! -aullé-. ¡Confieso que lo maté! ¡Levanten esos tablones! ¡Ahí… ahí!¡Donde está latiendo su horrible corazón!

FIN

He devorado esta obra de Dostoyevski en un afán de cambiar el ritmo de mis lecturas, de leer algo más “ligero”. A fin de cuentas me he equivocado al escoger esta obra llena de personajes abandonados al paroxismo, con una trama frenética que me ha exasperado al extremo. Viniendo yo mismo de una familia donde un abrazo es considerado una muestra exagerada — y hasta excéntrica — de afecto, he luchado desesperadamente por no dejar el libro a medio leer.

Me resulta un poco paradójico que el idiota en cuestión — príncipe Lev Nikoláyevich Mishkin — sea el único personaje de la obra con un mínimo de sindéresis. Con esa sola excepción, todos los personajes principales de la obra se comportan como imbéciles arrastrados por su lujuria, su soberbia o su avaricia.

A nuestro héroe se lo califica como idiota debido a su ingenuidad y compasión. Aquí y allá encontramos rasgos autobiográficos interesantes y perturbadores: el príncipe Mishkin sufre — al igual que Dostoyevski — de epilepsia, y una conversación de la obra menciona a un hombre condenado a morir en el patíbulo, cosa que también vivió el autor, quien fue perdonado instantes antes de ser ejecutado.

También nos obsequió Dostoyevski con un poco de crítica política, dirigida a la inoperante y abultada burocracia rusa. Interesante dato, considerando que yo le atribuía la ineficiencia soviética al régimen comunista.

Al final de la novela tanta irracionalidad terminó en un asesinato pasional, la prisión siberiana para el criminal, y nuestro heroe huyendo de tanta insesatez hacia su antiguo exilio en Suiza.

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