He devorado esta obra de Dostoyevski en un afán de cambiar el ritmo de mis lecturas, de leer algo más “ligero”. A fin de cuentas me he equivocado al escoger esta obra llena de personajes abandonados al paroxismo, con una trama frenética que me ha exasperado al extremo. Viniendo yo mismo de una familia donde un abrazo es considerado una muestra exagerada — y hasta excéntrica — de afecto, he luchado desesperadamente por no dejar el libro a medio leer.
Me resulta un poco paradójico que el idiota en cuestión — príncipe Lev Nikoláyevich Mishkin — sea el único personaje de la obra con un mínimo de sindéresis. Con esa sola excepción, todos los personajes principales de la obra se comportan como imbéciles arrastrados por su lujuria, su soberbia o su avaricia.
A nuestro héroe se lo califica como idiota debido a su ingenuidad y compasión. Aquí y allá encontramos rasgos autobiográficos interesantes y perturbadores: el príncipe Mishkin sufre — al igual que Dostoyevski — de epilepsia, y una conversación de la obra menciona a un hombre condenado a morir en el patíbulo, cosa que también vivió el autor, quien fue perdonado instantes antes de ser ejecutado.
También nos obsequió Dostoyevski con un poco de crítica política, dirigida a la inoperante y abultada burocracia rusa. Interesante dato, considerando que yo le atribuía la ineficiencia soviética al régimen comunista.
Al final de la novela tanta irracionalidad terminó en un asesinato pasional, la prisión siberiana para el criminal, y nuestro heroe huyendo de tanta insesatez hacia su antiguo exilio en Suiza.
