Casas muertas

Hoy visité el Sambil Maracaibo e inexorablemente terminé metido en una librería. Después de pasearme por la sección de matemáticas, ingeniería civil e informática – tienen el Sistemas Operativos Modernos de Andy Tannenbaum –, me puse a curiosear la sección de “Los libros de El Nacional”. Han editado una serie llamada “Biblioteca Arturo Uslar Pietri” que incluye re-ediciones de algunas obras de ese autor. Me tomé mi tiempo para hojear “Oficio de Difuntos”, una obra de Uslar Pietri que leí cuando tenía 13 o 14 años y que constituye una suerte de biografía de Juan Vicente Gómez donde se han cambiado todos los nombres de los personajes. Ese libro fue un regalo de Doña Yolanda de Anato, mi amada abuela, requiescat in pace. Gracias a D-os pude leer y disfrutar este libro antes de leer ”Las Lanzas Coloradas”, pues después de leer ese bodrio jamás hubiese tocado otro libro de Don Arturo.

También de la colección de “El Nacional” me llamó la atención “Oficina No. 1” de Miguel Otero Silva (MOS). Me avergüenza un poco el no haber leído este libro ni tampoco su antecesor “Casas Muertas”, de manera que salí de la librería con estos dos libros y una sonrisa. Pagué 31.000,00 bolívares por ambos, toda una ganga. Lo cierto es que “Casas Muertas” se ambienta en el pueblo de Ortiz, en el estado Guárico, donde hace poco mudamos un taladro de 2000 HP perteneciente a la empresa italiana Petrex. Leyendo el prólogo de Jesús Sanoja Hernández me entero que MOS es paisano mío Barcelonés y que durante 1929-1941 conspiró contra Juan Vicente Gómez, participó en la fracasada invasión a Venezuela (Junio de 1929), huyó luego de la derrota, regresó a la muerte de Gómez para ser inmediatamente exiliado por el gobierno de López Contreras y finalmente retornó a la patria tras la ascensión al poder del General Medina Angarita.

Hace unas tres semanas mudamos un taladro de 3000 HP desde La Ceibita hasta La Franquera, ambos en el estado Trujillo. En varias oportunidades almorcé en La Ceiba, un puerto a orillas del Lago de Maracaibo a unos 15 minutos de la localización de origen del taladro. Para llegar allí desde La Ceibita utilicé un camino de recua que pasa al lado de un caserío miserable donde se levanta una pequeña iglesia derruida y abandonada, envuelta en la serena belleza de seguramente más de un siglo. Cada vez que veía la iglesia sentía el impulso de detenerme a explorarla y tomar fotos de sus paredes de piedra, sus desvencijadas ventanas y puertas de madera y de sus pisos. La premura de volver al sitio de trabajo y la certeza de la presencia de muchas serpientes en la zona me disuadieron. Iglesias muertas, casas muertas. Esa fue la imagen que me llegó en la librería y que me amarró al libro que tenía al frente.

Iniciando una búsqueda en google con las palabras “Casas Muertas” se puede leer una copia digital completa de la novela.

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